Iris era hija de Taumante y Electra, pero mayor notoriedad le otorgaba ser nieta de Ponto (uno de los dioses menores del mar) y de Gea (la diosa de la Tierra), además de también ser bisnieta de Océano y Tetis, otros dioses marinos de gran relevancia. En efecto, su alcurnia le endosaba el conocimiento a la perfección del cielo (por vivir en el Olimpo), de las aguas (por sus abuelos) y de la tierra (por su abuela), razón por la cual Zeus no dudó en elegir a Iris para la mencionada misión. Cabe destacar asimismo que sus padres, orientados por un vaticinio, la nombraron Iris o Eiro en griego, que significa “aquella que lleva mensajes”. Precisamente, su gestión sería la de establecer una nueva comunicación entre los dioses y los mortales, atravesando el cielo y el mar para llegar hasta la tierra y notificar de los distintos mensajes de Zeus y, en menor medida, de Hera a los humanos.
Iris despierta a su esposo Céfiro para que la impulse hacia la Tierra
En sus traslados, Iris llevaba consigo un jarrón de oro para regar las nubes para proveer a la tierra de las lluvias necesarias para la fertilización. Del mismo modo, la diosa mensajera transportaba el caduceo, una especie de “varita mágica” que propiciaba la vida, la salud y la prudencia. Pero lo más significativo era su atuendo multicolor diseñado por Hefesto, que al lanzarse desde las alturas hacia la tierra y reflejarse en las aguas desprendía un surco de siete colores que pintaba el cielo luego de cada tormenta, ya que Iris alternaba su labor de emisaria con Hermes, el dios mensajero por excelencia. Temeroso de que las nubes lo rozaran y avivaran su alergia hacia ellas, Hermes llevaba a cabo su tarea los días de sol, mientras que luego de cada tormenta, Iris se abría paso entre las nubes y llevaba alegría a los hombres con su sublime haz de luz multicolor.

La jóven diosa solía distraerse y dejar surcos multicolores por todo el cielo, hasta que Céfiro se ofreció a dirigir sus viajes
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