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miércoles, 26 de agosto de 2015


Durante una de sus famosas cacerías, Finn Mc Cumhaill, vio cruzar repentinamente en la senda que seguían, a una hermosa cierva dorada.

Los perros se lanzaran en su persecución y luego de varias horas, en un fresco valle, la cierva, sin duda muy cansada por la carrera, se detuvo y cayó al suelo.

Como era de esperar, los perros se lanzaron hacia ella, pero para asombro del cazador, en lugar de atacarla, comenzaron a jugar a su alrededor, lamiendo su cara y su cuello.


Finn, asombrado por la situación, dio órdenes de que nadie la dañara, y todos comenzaron el regreso hacia el castillo, con la cierva y los perros jugando amorosamente mientras los seguían.

Esa noche, Finn despertó sobresaltado. Junto a su cama, la mujer más bella que jamás se hubiera visto le hablaba: - Yo soy Sadv, - le dijo- soy la cierva que seguiste hoy. Como no quise brindarle mi amor al druida del Pueblo de las Hadas, me hechizó condenándome a llevar esa forma, de esto hace ya tres años. Pero uno de sus aprendices, un buen amigo, me dijo que si lograba despertar la compasión de algún caballero, recuperaría mi forma original.

Sadv, no solo había logrado la compasión de Finn, en el momento en que la vio, él se había enamorado perdidamente de ella.


Juntos vivieron hasta que una mañana le llegó la noticia de que se avecinaba un ataque por mar; los Hombres del Norte se encontraban en la bahía de Dublín y venían hacia su dominio.

Sólo siete días permaneció Finn fuera de su casa. Al regresar, no vio a Sadv esperándolo, entonces preguntó a sus sirvientes por ella. el más fiel y servicial, con mucha pena le dijo: - Anteayer, nos pareció veros llegar, y todos nos apresuramos hacia el portal, pero en cuanto la Reina Sadv lo cruzó, un fantasma apareció la cubrió con niebla y en su lugar sólo quedó una cierva dorada. Los perros la acosaron y no le permitieron volver al portal, obligándola a huir hacia el bosque. No la volvimos a ver más.

Finn se estrujó las manos, y se retiró con muchísimo pesar a sus habitaciones, durante siete años la buscó por toda Irlanda.

Finalmente, siguiendo un rastro de jabalíes en los montes de Ben Gulbann, oyó que los perros ladraban furiosamente. Allí descubrió un niño desnudo, de largos cabellos rubios.


Finn y sus hombres alejaron a los perros, y condujeron al niño al castillo. Cuando pudo hablar, contó que nunca había conocido a sus padres, sino sólo a una bella cierva dorada, con quien había vivido en un valle profundo y hermoso hasta que una tarde descendió una niebla espesa, cubrió a la cierva, y la hizo desaparecer de su lado.

Finn comprendió que la cierva no era otra que su amada Sadv, y este niño, su hijo.

miércoles, 19 de agosto de 2015

Fergus y el caballo de Rio


El gobernador Fergus adoraba explorar los lagos y los ríos de Irlanda.
Un día mientras paseaba por el lago Rury, dio con el Muirdris, un caballo de río del que apenas pudo escapar.
 
A causa del terror la cara de Fergus quedó torcida, y teniendo en cuenta que los gobernantes no podían tener ningún defecto, los nobles escondieron todos los espejos del palacio y lo mantuvieron ignorante ante sus apariencias.
 
Un día, Fergus golpeó a una esclava y ella indignada le gritó: "¡Sería mejor que os vengarais del caballo de río que os dejó la cara torcida, antes que cometer actos atroces contra una simple mujer que no os ha hecho nada!"
Fergus hizo traer un espejo, se miró y decidió que como él era el gobernador no podía permitir tener esa apariencia sin ningún tipo de venganza.
 
Se puso los zapatos mágicos, tomó su espada y fue al lago Rury.
 
Estuvo escondido bajo las olas durante un día y una noche, pero los ultonianos (que así se llamaba a los habitantes de las tierras que Fergus gobernaba) se preocuparon mucho al ver el lago hervir y enrojecer con la sangre, ya que pensaron que pertenecía a su tan querido gobernador, pero... estaban en un error.
Al mucho rato Fergus surgió de la aguas con la cabeza de Muirdris en sus manos.
¡Había desaparecido el defecto!
En su cara cada trazo simétrico estaba en su lugar y todos los que le vieron con el semblante marcado ven ahora la compostura serena de un rey.
Sonrió; llevó su trofeo a la orilla, y dijo: ¡He sobrevivido!... y se ahogó.
 
Así fue la muerte de Fergus.
 
Pero a todos los ultonianos les quedó la imagen de un gobernador valeroso que supo comportarse y morir como un buen rey.