En la mitología babilónica, Tiamat es
la diosa primordial del "mar salado", también asociada a un monstruo
primordial del caos mencionada en el poema épico Enûma Elish.
Tiamat se une con Apsu, el dios del agua dulce, para producir
dioses más jóvenes. Ella es el símbolo del caos de la creación
primordial. Se la conoce como mujer y se la describe como la reluciente.
Se sugiere que hay dos partes en los mitos de Tiamat, la primera en la
que Tiamat es una diosa creadora, a través de un matrimonio sagrado
entre sal y agua dulce, creando pacíficamente el cosmos a través de
generaciones sucesivas. En el segundo, Tiamat se considera la
encarnación monstruosa del caos primordial. Algunas fuentes la
identifican con imágenes de una serpiente marina o un dragón.
En Enûma Elish, ella da a luz a la primera generación de deidades;
su esposo, Apsu, suponiendo correctamente que planean matarlo y usurpar
su trono, luego les hace la guerra y es asesinado. Enfurecida, ella
también lucha contra los asesinos de su marido, tomando la forma de un
enorme dragón marino. Luego es asesinada por el hijo de Enki, el dios de
la tormenta Marduk,
pero no antes de que ella haya traído a los monstruos del panteón
mesopotámico, incluidos los primeros dragones, cuyos cuerpos llenó con
"veneno en lugar de sangre". Marduk luego forma los cielos y la Tierra a
partir de su cuerpo dividido.
Los dioses decidieron darle todos sus poderes a Marduk, este venció
a Kingu, quien se quedó paralizado de miedo al verlo llegar, y luego a
Tiamat, a la que dejó la boca abierta con un vendaval y lanzó una flecha
dentro del estómago. Después de esto, de la sangre de Kingu (Luna)
nacieron los humanos y a partir del cuerpo de Tiamat, que Marduk
encadenó en los pozos del abismo y partió por la mitad, se creó, de su
mitad superior el cielo y de su mitad inferior la tierra firme. Sus
lágrimas se convirtieron en las nacientes de los ríos Tigris y Éufrates.
Esta leyenda es paralela a las de Vritrá en la mitología hindú,
Cipactli de la religión Azteca, Nun de la mitología egipcia, Tifón en la mitología griega y el monstruo bíblico Leviatán del Judaísmo y el Cristianismo.
Tiamat
es una deidad (También atribuido a un Monstruo o Planeta) primitiva
perteneciente a la mitología babilónica y destacable en el poema épico Enûma Elish.
Ahora vease su etimología: Ti significa vida y ama, madre., Tiamat es considerada una diosa representante de la oscuridad y el caos.
Tiamat sería el principio femenino, el mar, representación de las
potencialidades del caos prístino. Un monstruo hembra, maléfico en las
leyendas babilónicas, el agua salada que en unión con Apsu (Sol) dieron
nacimiento a otros dioses, empezando con Lahmu (Marte) y Lahamu (Venus),
pero al poco tiempo de crearlos, estos los molestaron con su ruido, el
dios de la magia, Ea, logró someter a Apsu, dejándolo en un largo sopor
(por eso es que el agua dulce está quieta) pero no pudo hacer nada
contra Tiamat quien muy enfurecida con la muerte de su esposo creó una
legión de demonios liderados por Kingu, que era su amante y uno de sus hijos.
Los dioses decidieron darle todos sus poderes a Marduk(Nibiru), este venció a Kingu (Luna), quien se quedó paralizado de miedo al verlo llegar, y luego a Tiamat,
a la que hizo dejar la boca abierta con un vendaval y lanzó una flecha
dentro del estómago. Después de esto, de la sangre de Kingu (Luna)
nacieron los humanos y a partir del cuerpo de Tiamat, que Marduk (Nibiru)
encadenó en los pozos del abismo y partió por la mitad, se creó, de su
mitad superior el cielo y de su mitad inferior la tierra firme. Sus
lágrimas se convirtieron en las nacientes del Tigris y el Éufrates.
Esta leyenda es paralela con las de Vitra en la mitología hindú, Cipactli de la religión Azteca y Tifón en la mitología griega
En Babilonia, nació
uno de los más antiguos y más bellos mitos entre los varios que
simbolizan la alternancia de las estaciones y se inspiran en el misterio
de la vida cuando ésta despierta en la primavera tras el largo sopor
invernal. Es el mito de Tamuz, que en sustancia, es el siguiente:
Entre las divinidades menores de Babilonia, había un dios joven,
hermoso y bondadoso, el cual vagaba por las verdes campiñas, por los
campos cultivados y los bosques salvajes, complaciéndose en la
contemplación de la Naturaleza lozana y tocando dulcemente la flauta. Se
llamaba Tamuz y siempre tenía la sonrisa en los labios; su
misión era la de proteger a los pastores y a sus rebaños, procurar
prósperas cosechas y asegurar la salud y el vigor a todo cuanto vive:
hombres, animales y plantas. Gracias a este jocundo numen,
la Naturaleza estaba siempre risueña, las plantas florecían y los recién
nacidos lloriqueaban en los hogares. No es, pues, de extrañar que un buen día, Ishtar, la diosa del amor,
comenzó a suspirar por el hermoso joven y trató de seguirlo por todas
partes; y tanto hizo, que finalmente, logró casarse con él. No había
errado en la elección, ya que también ella protegía la lozanía de la
vida; a ella, se dirigían las madres y los padres para que sus hijos
fueran hermosos y robustos, y los pastores, a fin que los rebaños
prosperaran y se multiplicasen. Ishtar se casó, con Tamuz, y jamás una esposa divina fue más afectuosa y fiel que ella.
Duelo imprevisto entre los dioses y los hombres.
Dios Tamuz
Un
día, Tamuz paseaba por un bosque vecino a la ciudad sagrada de Eridu,
cuando un feroz jabalí salió inesperadamente de un matorral y se lanzó
sobre él. Tamuz era un dios, no hay duda, pero no de los de primer
orden; hermoso y querido por todos, pero no muy poderoso, algo semejante
a la criatura humana. Por consiguiente, podía ser alcanzado por la
muerte. Gravemente herido por las garras de la fiera, el divino joven
vio, cómo se oscurecía la dulce luz del Sol; se sintió atraído hacia el
oscuro reino de las sombras, a las entrañas de la tierra; un frío súbito
le penetró los huesos y le apretó el corazón. En una palabra: murió
cual si hubiese sido un simple mortal. Una profunda tristeza
difundióse en seguida por doquier y un velo gris pareció amortiguar la
luz del día y envolver las cosas. Las plantas se lamentaban, que ya no
daban frutos, como las mieses, que ya no sacaban espigas. Los ríos
estaban tristes, al sentir que menguaban sus caudales, y tristes estaban
los lagos y las lagunas, que ya no sentían nacer más peces en sus
entrañas. Y se quejaban los cañaverales y las malezas, y los jardines,
donde las abejas ya no iban a libar en las flores; y las viñas, que ya
no daban vino; los arriates, en que la flor de la mostaza se marchitaba;
y en fin, los palacios de los príncipes y los reyes, donde ya no se
oían las canciones y los alegres clamores de los banquetes, y la vida
languidecía, estaban de luto. Así lo cuenta, más o menos, un antiguo
himno babilónico al evocar el triste caso. Pero más profunda que
todas fue la aflicción de Ishtar. La bella diosa comprendió que su
inmortalidad le sería inútil e insoportable sin su esposo, y decidió
irlo a buscar al mundo subterráneo donde había desaparecido, al Aralu,
la oscura morada de los muertos.
Ishtar, en los infiernos.
Descendió
al Aralu, pero se encontró con que la puerta estaba cerrada; y el
guardián se negó a abrirla estimando que no era conveniente que la diosa
de la vida entrara en la mansión de los difuntos. Ishtar rogó e
insistió inútilmente, hasta que, presa de desesperación, golpeó
furiosamente la puerta gritando: —¡Abre, guardián; de lo contrario,
hundiré estos batientes, libertaré a los muertos que custodias y los
conduciré conmigo sobre la tierra para que devoren a los vivos! El
guardián, asustado, corrió junto a la Reina de los infiernos en demanda
de instrucciones, y la Reina, que conocía el poder de Ishtar, y sobre
todo, la fuerza de su amor, permitió que la diosa entrara a condición de
que se despojara de uno de sus ornamentos cada vez que pasara por una
de las siete puertas del infierno. En aquel momento, poco le
importaban a Ishtar sus ornamentos, y aceptó sin vacilar. En la primera
puerta, se quitó la corona, en la segunda, los ricos pendientes, en la
tercera, el collar, en la cuarta, los brazaletes, y así sucesivamente:
cuando llegó a la presencia de la Reina de los infiernos, no llevaba más
que la camisa. Pero no había pensado en que, como reina de la belleza y
del amor, los ornamentos formaban parte de su personalidad y de su
poder, y al verse de tal manera desnuda, quedó tan humillada, que la
Reina del infierno se sintió más fuerte que ella, y sin la menor
generosidad, comenzó a burlarse, y ordenó que fuese encarcelada sin
dilación. ¿Cómo podría proseguir la existencia sobre la tierra,
cuando las dos divinidades de la vida estaban, muerta una de ellas y la
otra encarcelada? Dejaron de nacer hombres y animales, las plantas se
marchitaban, la Naturaleza entera iba camino de extinguirse. Los dioses
se preocuparon del caso, y sin pérdida de tiempo, acudieron a Ea, el cual, con uno de sus enérgicos encantamientos, obligó a la Reina infernal a libertar a Ishtar.
Ishtar en el mundo de los muertos
Vuelve la felicidad junto a Tamuz
Esta
vez, la bella diosa se sintió la más fuerte e impuso sus condiciones:
estaba allí, para llevarse consigo a Tamuz y no se iría sin él; si
querían que reanudara su benéfica actividad sobre la tierra, debían
restituirle a su esposo. La Reina de los muertos se vio obligada a
plegarse una vez más, a rociar a Tamuz con el agua de la vida y a
dejarlo partir con Ishtar. Mágicamente, las siete puertas se abrieron
una tras otra ante los dioses, y en cada una de ellas, recogió Ishtar
sus joyas y vestidos, hasta que con su marido emergió a la luz del Sol y
entonó a plena voz su himno jubiloso y triunfal: —¡Me regocijo en
mi esplendor, y llena de felicidad, avanzo, excelsa y divina! Soy
Ishtar, la diosa de la tarde, soy Ishtar, la diosa de la mañana: soy la
que siempre triunfa en el cielo y en la tierra. En realidad, todo le
fue a pedir de boca: había vencido a la Reina que pretendió humillarla,
había recuperado a su amado Tamuz, y también sus alhajas, y ahora,
podía cantar su himno de victoria. Con todo, no se desciende
impunemente al reino de los muertos: Ishtar se dio cuenta de ello más
tarde, cuando vio que todos los años Tamuz, cual si hubiese quedado en
él una maléfica atracción hacia las tinieblas donde había caído, en un
momento determinado, tenía que descender otra vez a las mansiones
infernales, y ella se veía obligada a seguirlo cada vez a la oscura
morada y libertarlo si quería continuar promoviendo sobre la tierra,
junto con él, el amor y la continuidad de la vida. No es difícil
reconocer en esta fábula el mito de la primavera: Tamuz es la lozanía
estival que todos los años se amodorra en el sueño invernal y todos los
años despierta con la nueva estación. Casi todos los pueblos han
imaginado un mito de este género, no tanto para explicarse la
alternancia de las estaciones, como para glorificarla en una
interpretación mágica y poética, a través de la cual, sienten y tratan
de expresar el misterio y el milagro de la Naturaleza.