
Nos encontramos con las primeras menciones de los celtas como pueblo europeo en textos griegos fechados hacia el siglo V antes de Cristo, aunque las dataciones arqueológicas más antiguas son, sin embargo, del siglo VIII antes de Cristo, de la conocida como “cultura de Hallstatt”, debido a que sus asentamientos se centraban en torno al lago austríaco del mismo nombre. Fueron estos hombres los que comenzaron a expandir sus territorios por Europa gracias a la calidad de sus armas (por tener superiores conocimientos en el arte de la fundición) e incluso a comerciar con otros pueblos del área mediterránea. Pero no podemos hablar de cultura celta en el sentido estricto de la palabra hasta la Segunda Edad de Hierro, con el “descubrimiento” de la llamada cultura de La Tène . Se conocen como celtas a todos los pueblos caracterizados por los mismos rasgos lingüísticos, parecida estructura social y creencias religiosas similares. El pueblo celta se organizaba en tribus o clanes, formadas por las familias de todos los descendientes varones de un bisabuelo común, constituyendo la unidad familiar más importante. Un dato curioso es que, por ejemplo, la propiedad de la tierra no pertenecía al individuo, sino a la familia al completo, con lo cual no podía ser vendida. Las mujeres de la sociedad celta también contaban con una buena situación, o al menos mejor que la de las mujeres de las demás culturas europeas: tenían derecho a la propiedad y a la herencia (en caso de que faltase un heredero varón), e incluso eran aceptadas como reinas. La tribu estaba dirigida por un rey. La realeza celta no era hereditaria, por lo que el rey era elegido de entre los miembros del clan. Estas elecciones estaban mezcladas con ritos religiosos. Entre los privilegiados se encontraban también los druidas representantes religiosos y omnipotentes de la tribu. Además de hacer de intermediarios entre los hombres y sus divinidades, eran considerados como los guardianes del orden natural. Eran filósofos, científicos, astrónomos y maestros, y hasta jueces y consejeros del propio rey. El aprendizaje del druida consistía en su mayor medida en la memorización de conocimientos, ya que era una sociedad que despreciaba la escritura por creerla “carente de alma”. Los santuarios druidas solían hallarse en zonas apartadas de los asentamientos, dispuestos en relación con los elementos naturales: el agua, la tierra, el bosque o el cielo. A los dioses y fuerzas de la naturaleza se les ofrecían frecuentes sacrificios, a veces humanos. También era común el arte de la profecía. César los acusó de ser los instigadores de los levantamientos galos, y fueron tachados por Claudio de salvajes, caníbales y oficiantes de macabros ritos. Los días se dedicaban a la guerra y las noches a la diversión y al canto. Eran habituales las veladas en las cuales el bardo se dedicaba a la interpretación de las más conocidas leyendas. Rendían culto a la belleza, y eran un pueblo de gran estatura, musculoso, de largas cabelleras rubias o pelirrojas y piel blanca, combinados con ojos claros. Solían aclararse el cabello con jabón elaborado a base de lejía de ceniza de haya y grasa de cabra. Se peinaban el pelo hacia atrás en recogidos formados por varias coletas, y solían afeitarse el vello de todo el cuerpo, a excepción del bigote. De los celtas, por desgracia, nos quedan más testimonios aportados por sus enemigos y contemporáneos que los suyos propios. Los druidas, como “guardianes” de las tradiciones y el saber céltico, se convirtieron en el principal blanco de la imparable máquina de guerra romana. De hecho, el último santuario druídico britano(constituido como refugio para el culto) fue arrasado argumentando que se trataba de un territorio poblado de enemigos políticos. Mataron hasta el último habitante y talaron los bosques sagrados.

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